Una siesta para recordar

7 mayo, 2015 | Por | Categoría: Humanos
Aquello de que la siesta es buena es algo que prácticamente todo el pueblo español secunda. Sin embargo, no parece ser una afirmación de simple sabiduría popular. Según recientes investigaciones científicas la siesta ayuda a la memoria, al intercambio de información e incluso al aprendizaje.
Cuadro de Vincent Van Gogh titulado "The Siesta" que pintó inspirándose en el cuadro de mismo título de su más admirado artista, Millet.

Cuadro de Vincent Van Gogh titulado “The Siesta” que pintó inspirándose en el cuadro de mismo título de su más admirado artista, Millet.

Durante años el acto de dormir la siesta ha sido considerado un mero placer solo al alcance de unos pocos privilegiados. Cada vez son más los que se ven obligados a abandonar este sano hábito o a reservarlo para el fin de semana o las vacaciones. Según los últimos datos recogidos por la revista científica “Neurology” el año pasado, solo el 16% de los españoles son fieles diariamente a esta tradición que surgió en los monasterios benedictinos durante la hora sexta. Sin embargo, los amantes de esta agradable pausa cognitiva están de suerte, pues cada vez son más los estudios científicos que defienden las ventajas de lo que hasta ahora había sido el deporte español por excelencia, y en cuya práctica están sorprendentemente en cabeza los alemanes con un 22%. Eso sí, para sacar el máximo partido a sus beneficios, es conveniente practicar este deporte de bajo riesgo con moderación.

Aparte de cargarnos de energía física y cognitiva, la siesta tiene también efectos positivos en la consolidación de la memoria. Un reciente estudio de la Universidad de Saarland ha demostrado que dormir la siesta mejora la capacidad memorística. El estudio liderado por la neurobióloga Sara Studte partía de un experimento en el que enseñaba a dos grupos de personas dos listas de palabras y luego se hacía a uno de ellos echar una cabezada de hasta noventa minutos mientras que el otro grupo veía unos dvds.
Esta relación entre la memoria asociativa y el acto de dormir la siesta, viene a confirmar el papel fundamental del sueño en la consolidación de la memoria. En este proceso nuestros nuevos recuerdos se hacen más fuertes ante posibles interferencias y son más duraderos precisamente por la posibilidad de integrarse con otros pre-existentes. “Hay evidencias de que las memorias recién adquiridas se reactivan de forma espontánea durante el sueño. Esta reactivación tendría lugar fundamentalmente en una estructura denominada hipocampo, la cual es crucial en el proceso de adquisición de la memoria.”, explica la doctora Mercedes Atienza, neurocientífica investigadora de la Universidad Pablo de Olavide.

Además, este nuevo estudio suma una nueva evidencia a favor de las últimas teorías que relacionan la consolidación memorística con los husos de sueño, un proceso propio de del hipocampo que se produce en las fases del sueño ligero previas a la fase REM. “El sueño se divide en sueño NREM Y REM. El sueño previo a la fase REM está formado por cuatro fases y las últimas se conocen como sueño de ondas lentas”, cuenta la doctoranda Sara Studte. Es durante estas fases del sueño cuando se produce el mayor intercambio de información entre el tálamo y la corteza, lo que se relaciona directamente con el proceso de consolidación de la memoria. “La hipótesis es que las ondas lentas proporcionarían ventanas temporales propicias en las que la información reactivada en el hipocampo podría ser enviada a otros lugares gracias a los husos de sueño.”, matiza la doctora Atienza. Es decir, que durante la fase de ondas lentas sería como si tuviéramos la conexión máxima de wifi para que se produjera el intercambio de información del tálamo hacia el córtex, zona en la que la memoria se haría más sólida y permanente.

“Es algo parecido cuando pasamos la memoria RAM al disco duro, para convertirla en información de larga duración”, aclara el doctor García Borreguero, director del Instituto del sueño. Según este científico los husos de sueño aparecen sobre todo durante la fase 2 del sueño, es decir, a partir de más o menos los primeros ocho minutos de siesta. Por esta razón, aunque en el estudio llevado a cabo por el equipo de investigación de Sara Studte los sujetos durmieran siestas de hasta 90 minutos, el director del Instituto del Sueño se atreve a afirmar que podrían haberse conseguido los mismos, e incluso mejores resultados, con siestas más cortas evitándose así la inercia del sueño, algo que el doctor considera como “meterle freno de mano” a los distintos y múltiples beneficios que puede aportarnos una siesta llevada a cabo prudentemente y en su justa medida.

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