Las momias hablan de hambre y virus

15 enero, 2014 | Por | Categoría: Humanos
Muchos son los templos y tumbas egipcias descubiertas en el último siglo. Sus paredes, oscuras durante tanto tiempo, aún se visten de imágenes que cuentan las costumbres, vida y testimonio de esta civilización. Entre ellas, se podría hallar el principio de la medicina moderna. Figuras de perfil representando a médicos que examinan, diagnostican y dan remedios a sus pacientes se multiplican en las cámaras funerarias, pero también dan fe de las enfermedades los papiros y análisis de momias. En el Antiguo Egipto, como explica la egiptóloga Lisa Schwappach, enfermedades infecciosas, cardiovasculares, respiratorias, óseas, etc. se extendían desde los esclavos hasta los nobles, incluidos los faraones. Éstas dejaron una huella que, todavía hoy, se oculta bajo sus vendajes.

Las momias son testigos milenarios de la enfermedad. Foto CC BY El Bibliomata.

Pero a las patologías hay que sumarles el hambre, como ha descubierto el equipo de investigación de la universidad de Jaén, dirigido por el profesor Miguel Botella López y con la ayuda del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, a través del proyecto Quubet El-Hawa. Centrados en el análisis de las momias de esta necrópolis, han descubierto que los hijos de Ra, desde gobernantes hasta esclavos, sufrían hambre y malnutrición, que bajaban todavía más las defensas ante las enfermedades que allí acechaban. En consecuencia, la esperanza de vida se situaba entre los 28 y los 30 años debido a un cúmulo de hambre, malnutrición y enfermedades, sobre todo las inducidas por la contaminación del agua del Nilo.

A primera vista, el Nilo era la mayor fortuna esta civilización, ya que con sus subidas hacía fértiles sus tierras de clima árido, pero en sus aguas también crecían multitud de organismos infecciosos responsables de la alta mortalidad infantil que existía, normalmente causantes de virulentas fiebres y cólicos que no resistían.

Dos ejemplos serían la esquistosomiasis o paludismo. La esquistosomiasis es una plaga existente en el sur de Egipto desde el 3000 a.C., causada por un gusano que atraviesa la piel del bañista y viaja por las arterias hasta los pulmones, donde se establece y reproduce. Ésta provoca altas fiebres, sudores y dolores musculares durante 3 o 4 semanas que, o bien les provocaba la muerte, o bien se convertía en una fase crónica hasta que el intestino, hígado y pulmones dejasen de soportar al huésped y a su descendencia.

El paludismo, más conocido como la malaria, llegaba con los mosquitos que aparecían después de cada crecida del río, provocando fiebres agudas cada 48 o 72 horas. Sin embargo, también podía transmitirse por la sangre de madres infectadas a sus hijos en el embarazo, la mitad de los cuales no llegaban a cumplir los 5 años.

Patologías en palacio

Destaca el caso del joven faraón Tutankamón, cuyo análisis de ADN realizado en 2010 bajo la dirección del egiptólogo Zahi Hawass, reveló tal dolencia. Además, también le fueron diagnosticadas otras relacionadas con la genética, ya que el faraón fue fruto de la relación entre su padre y su hermana.

Éstas eran la enfermedad de Kröler, una osteopatía degenerativa que causa necrosis en el pie, y la oligodactilia, una enfermedad genética por la cual su pie derecho tenía cuatro dedos y el izquierdo estaba deformado. De esta manera, se entiende que en su ajuar funerario su familia incluyera 130 bastones que le ayudaran a andar en su otra vida.

Sin embargo, no fue el único afectado de la familia real. La princesa Ahmose-Meryet-Amon padeció una enfermedad coronaria, concretamente arteriosclerosis, que se la llevó cuando tenía 40 años. Esta enfermedad, que se creía, como señala el egiptólogo Gregory Thomas: “propia del estilo de vida moderno”, también era muy común hace 3500 años, según muestran también las otras 52 momias de nobles adultos analizadas en su estudio en la región de Luxor. Consiste en una obstrucción de las venas por altos niveles en sangre de grasas saturadas y colesterol, que se cree que pudo venir por gran ingesta de carne en el círculo real y la conservación de los alimentos en sal. La calcificación que dicha dolencia dejó en sus huesos pudo detectarse en su momia a través de una tomografía computerizada, una exploración radiológica por secciones del cuerpo, realizada en mayo de 2011.

La tuberculosis pulmonar también estaba muy presente en aquella época, conocida por las representaciones de los templos y por la descripción de los síntomas en el papiro de Ebers, sino encontrada también en la médula espinal de nobles momificados, como es el caso del Nesparehan, sacerdote de amón de la XXI dinastía. El papiro de Ebers, redactado hace 1500 años, es un tratado médico que funcionaba como guía de enfermedades, síntomas y tratamientos, recogido por el egiptólogo George Moritz en 1862. Éste resulta de gran importancia para la paleopatología, rama de la ciencia que estudia las enfermedades en la historia, ya que explica los recursos, metodología y tratamientos curativos que practicaban los médicos egipcios, denominados Sum-Un.

Este papiro también proporciona información, entre otras dolencias, sobre el tumor de Khonsu, cuya descripción coincide sospechosamente con la lepra: “Es algo terrible y tiene muchas tumefacciones. Algo ha aparecido dentro de él como si estuviese lleno aire… Puedes entonces decir: es un tumor de Khonsu. No se puede hacer nada contra esto”. Sin embargo, no se han encontrado restos en momias. Lo más probable, como señaló el antropólogo Strouhal al descubrir los cráneos enterrados en las regiones de Balat y Dajla, es que existiese una patología altamente contagiosa, como la lepra, por la cual no se arriesgaran al embalsamamiento de estos enfermos por miedo a contraerla.

La viruela también era otra de las enfermedades existentes en aquella época, como así lo prueban las marcas del cuerpo momificado del faraón Ramsés V, fallecido en el 1157 a.C. Los bultos y pústulas derivados de esta enfermedad, provocaban a su vez otras disfunciones del cuerpo humano, como la esterilidad o la ceguera.

Respecto a las enfermedades oculares, en Egipto eran muy comunes debido a los pequeños sedimentos arenosos de roca caliza que viajaban por el aire, además de la exposición continuada al sol. Las infecciones oculares y cegueras se intentaban prevenir mediante su característico maquillaje. En este sentido, la línea negra que marcaba el rostro de esta civilización, estaba hecha con plomo, un antibiótico natural que protegía de algunas de estas infecciones. La más común de todas estas infecciones oculares era el tracoma, que acababa causando ceguera y afectaba sobre todo a los niños más pequeños. También había otro tipo de cegueras derivadas del déficit de vitamina A, común debido a las fuertes diarreas que producía beber el agua del Nilo. Dichos cólicos eran muy severos y contribuían en gran medida, como indica el antropólogo Miguel Botella, a la mortalidad infantil de la época. Muchos han sido los cuerpos de niños momificados cuya ausencia de marcas en los huesos indica un fallecimiento por infección aguda.

El viento arenoso y la climatología característica de la zona, por otro lado, también fueron causa de enfermedades respiratorias, como neumonías, fibrosis y neumoniosis. Mientras la fibrosis causa dolor y pérdida de la capacidad pulmonar, la neumoniosis provocaba grandes daños a los pulmones como resultado del exceso de roca caliza almacenada en ellos por la respiración, especialmente en los constructores de pirámides.

En la mesa del faraón se podían ver vegetales, pescado sazonado y carne de algunas aves, mientras que en la de los pobres se reducía a cereales, pescado y leche de cabra. Sin embargo, las caries y demás enfermedades dentales son reseñables tanto en las clases privilegiadas como en las pobres, aunque las primeras comiesen más carne que las segundas. Ambos comían su comida en el mismo clima, factor que afectaba a todos los alimentos fuera en la casa que fuera.

Los sedimentos del aire también se posaban en los alimentos, lo cual producía una erosión más acusada en sus dentaduras. Debido a ello, las caries eran frecuentes y era extraño que cualquier adulto que sobrepasara la edad de 30 años conservara más de un par de muelas. Sin embargo, se piensa que fueron los primeros en poner prótesis que taparan esos agujeros, como también lo fueron en fabricar pequeñas piezas que sustituían a los dedos del pie.

Estómagos vacíos

A todo lo anterior habría que añadir la escasez de alimentos que tenían, sobre todo con las continuas sequías, y una ingesta elevada de otros de mala calidad. Además, sus dietas encerraban un consumo excesivo de cereales y una acusada falta de proteínas, como ha descubierto el equipo dirigido por Miguel Botella en el proyecto Quubet El-Hawa.

De ese régimen nutricional se derivan otras enfermedades específicas como la brucelosis o fiebre de malta, consecuencia de un alto consumo de leche de cabra sin hervir antes, y cólera, expandido también por las aguas del Nilo. Éstas, que no dejan marcas en los huesos, sí se han encontrado en el ADN de algunas momias.

Muchas de las momias descubiertas eran de niños que apenas llegaban a superar los 6 años de edad, pero no sólo era cosa de esta zona. En Luxor, región perteneciente a la antigua Tebas, el egiptólogo José Manuel Galán también ha descubierto una mayoría de niños en las momias de su investigación. Él y su equipo, establecidos hasta hace poco en Djehuty, encontraron también sarcófagos infantiles en las pirámides que cobijan a las antiguas familias reales egipcias, lo que demuestra que no sólo eran enfermedades que afectaran a las clases más bajas. El más importante, encontrado el pasado enero, es el de un príncipe de 5 años que murió hace 3.500 años y que, según el propio Galán: “Puede aportar gran cantidad de información sobre una época de la historia del antiguo Egipto sobre la que aún se sabe muy poco”.

Esta malnutrición no responde a ninguna razón estética sino al déficit en sus despensas. No es que prefiriesen bañarse en leche a beberla, como la famosa Cleopatra, sino que simplemente no disponían de ella. Si bien el abundante lino que crecía en la zona les abastecía sin problemas para la confección de su vestimenta, vendajes de momias y papiros, no sucedía lo mismo con la comida. Los gobernadores de Asuán, región fronteriza con Sudán, pasaban largas temporadas sin probar apenas bocado, razón por la cual han sido allí encontradas momias de personajes importantes de la época, de renombre y fallecidos con tan sólo 17 años.

Afecciones como la anemia sí pueden en marcas en los huesos, como explica Miguel Botella. Por ejemplo, a causa de una anemia crónica, la médula ósea, que es la productora de los glóbulos rojos de la sangre, se hincha por un aumento de trabajo para intentar compensar ese déficit. Su parte esponjosa aparece así dilatada e hipertrófica, con un claro rastro de porosis fácil de detectar. También se pueden detectar las hambrunas en los dientes, especialmente de niños, puesto que éstas detienen el crecimiento de los huesos y dejan rayas transversales en los caninos, que permiten incluso calcular la época en que se produjeron.

Los descubrimientos en las 60 tumbas exploradas revelan este tipo de carencias físicas que sufría la mayoría de la población, además de aportar datos sobre sus condiciones de vida. Aunque los papiros e inscripciones dan fe del nivel cultural extraordinario que se cultivaba en la época, el profesor Botella afirma que “la clase social más alta estaba en condiciones de salud muy precarias, muchas veces rozando incluso el límite de la supervivencia”.

En consecuencia, la esperanza de vida era muy corta, incluida la familia del faraón, donde los más longevos llegaban a edades entre los 45 y los 50 años. Éstos solían tener más problemas coronarios y dentales, mientras los más jóvenes sufrían más los trastornos gastrointestinales agudos. Estas infecciones constituían la principal causa de muerte entre niños y adolescentes, superando incluso a las derivadas de la guerra, como podría pensarse debido a que se trataba de una región fronteriza expuesta continuamente a ataques foráneos.

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