Her, obsesión por el software

19 febrero, 2014 | Por | Categoría: Medios
Una peli de obsesiones tecnológicas. Un ejercicio de posmodernidad deshumanizada.

Adam Spiegel es un cineasta americano de origen judío y alemán, cuyo nombre artístico es Spike Jonze, y que ha dirigido un puñado de películas tan raras como interesantes, atravesadas todas de una extraña personalidad. Títulos como Cómo ser John Malkovich, El ladrón de orquídeas o Donde viven los monstruos, se suman a innumerables documentales, cortos o videos musicales de Bjor, Los Beastie boys o Los Chemical brothers, por poner algunos ejemplos. Es decir, este director toca todos los palos del lenguaje audiovisual, y quizá por ello él mismo es un compendio de vanguardia cinematográfica, con todos los riesgos que ello conlleva, incluido el posible rechazo del público.

Her, escrita y dirigida por él, es un fascinante e inquietante ejercicio de estilo que consigue implicar al espectador de forma poco habitual. La esencia de este drama de ciencia ficción es la relación que en un futuro no muy lejano establece Theodore (Joaquin Phoenix) con el sistema operativo personalizado de su ordenador, llamado Samantha. Se trata de inteligencia artificial sofisticada, en la que el ordenador se relaciona con su dueño a través de una voz humana, capaz de expresar los pensamientos más complejos, que incluso toman forma de sentimientos y emociones de una increíble apariencia humana. Theodore, en proceso de divorcio, con una vida social reducida a escombros, vive entre el desarrollo de su solitario trabajo, y sus sesiones de videojuegos caseros. Dicho sin rodeos: Theodore es el prototipo de hombre posmoderno: freaky, profundamente sólo y esencialmente confuso. Cuando, estando sumido en esa grisura infinita, se hace con este revolucionario sistema operativo, provisto de esa voz tan sensual de Samantha (Scarlett Johansson), se entrega por completo a una relación continua con ese sistema operativo “femenino” del que se acaba enamorando. Es una relación sin riesgos, controlada casi al cien por cien, en la que no está excluido ni siquiera el sexo. En el momento que Theodore cruza la peligrosa frontera de dejar de considerar a Samantha como lo que realmente es, un sistema operativo, y comienza a tratarla como a un ser humano, el juego se vuelve tremendamente peligroso.

Como toda película de ciencia ficción que se precie, esconde una inteligente metáfora de nuestro tiempo. En este caso, refleja un hecho indiscutible: las nuevas tecnologías se han convertido en un filtro entre nosotros y la realidad, y no son pocos los casos en los que la persona acaba desconectando con el mundo y sustituyéndolo por lo que genera la pantalla de su dispositivo digital. La soledad crece y el individualismo se enquista. Si Blade Runner giraba en torno a lo que sucede cuando lo genuino humano, el deseo de inmortalidad, prende en una máquina, Simone nos hablaba de cuando un personaje virtual acababa siendo considerado humano. En este caso nos plantea algo mucho menos lejano, cuando preferimos vivir de relaciones cibernéticas, sin rostro, sin carnalidad, sin el vértigo que produce la libertad tangible de los seres humanos. El resultado a medio plazo es un incremento de la insatisfacción y del vacío. Ciertamente, la película propone una lectura algo ambivalente, ya que esta relación imaginaria le permite a Theodore amortiguar el dolor de su divorcio “real”. Dicho de otra forma, la dimensión evasiva de las nuevas tecnologías, indoloras, siempre disponibles, siempre inmediatamente gratificantes.

 

 

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