Un oráculo de microchips y aluminio concede el crédito

9 febrero, 2012 | Por | Categoría: Máquinas

Es sabida la aventura en que se ha convertido hoy obtener un préstamo de un banco o caja de ahorros, pero no lo es tanto el entramado que se pone en marcha tras cada solicitud. Frente al modelo tradicional, en que el bancario contestaba en un papel a una serie de invariables preguntas y, a partir de las respuestas, tomaba una decisión, el actual es un sofisticado sistema donde los ordenadores relegan cada vez más funciones humanas. La informatización es inherente a todo proceso complejo, y da tantas comodidades que nadie se pregunta por los peligros. Sin embargo, esta cuestión es más compleja, y estremece pensar que una máquina tenga tanto peso sobre decisiones de este calibre. Decisiones que determinan el presente y el futuro de las personas.

El ordenador es un actor de primer orden en el proceso de concesión de los créditos por parte de los bancos. Complejos algoritmos, basados en todo tipo de informaciones sobre el solicitante, deciden su futuro. Ilustración CC-BY mr Lynch.

Alejandro Montañés es licenciado en Químicas y lleva tres años en activo, trabajando en distintas empresas de segundo nivel. Como la mayoría de jóvenes que se afanan en obtener una gran preparación, cuando salió al mercado laboral descubrió que es uno más y que no hay honores. Buscando independizarse junto a su pareja, también cercana a la treintena, tuvo la osadía de pedir un crédito. Los bancos tampoco atendieron a méritos y todos ellos se lo denegaron. “Alegaban que no tengo estabilidad laboral ni ingresos fijos, pero ¿qué persona de mi edad los tiene?”, asegura Alejandro aún perplejo. Enfadado e irónico comenta que “es increíble que te hagan tan exhaustivo interrogatorio para que luego sea el ordenador al que le pregunten y quien decida”.

“Respecto a las concesiones se analiza la regularidad en los pagos, que el endeudamiento no sea elevado, la solvencia tanto económica como patrimonial y la capacidad de pago, esto es, los ingresos menos los gastos”, explica un directivo de Bankia. En este sentido añade que, de cara a la decisión final, “es importante la estabilidad laboral, la importancia de la empresa para la que trabaja, los años que lleva en ella y el cargo desempeñado, pues todo ello nos asegura un mayor compromiso de pago”. También es indispensable para este directivo “que el solicitante no tenga deudas con empresas financieras como Santander Consumer o Cofidis”.

El complicado peregrinaje al crédito

El proceso para la concesión de los créditos se inicia en las sucursales. A. F. (llamémosla Amelia), una subdirectora de sucursal de Bankia, asegura que “las restricciones de todos los bancos a este tipo de operaciones obedece a un problema de falta de liquidez”. Los bancos precisan de dinero y es por eso que, para captar clientes, ofrecen unos intereses elevadísimos. Al gastar tanto en comprar dinero, los beneficios caen y su margen se estrecha. La elevada morosidad les obliga a contener las concesiones de préstamos, y los que se dan se conceden a tipos muy altos, al menos hasta que vayan venciendo algunos de los numerosos créditos concedidos en época de bonanza. “El problema es que antes de la crisis se estaban dando los créditos muy alegremente y eso no era sostenible”, reconoce el directivo de Bankia. El mismo añade que, “antes de 2008, se concedían operaciones a euribor más cero, mientras que esas mismas hoy no se aprueban a menos de euribor + 4% de interés”. Sin embargo, añade, “se siguen concediendo créditos personales e hipotecarios, sobre todo los últimos, ya que el inmueble es una garantía, y también a los clientes les interesa porque son especialmente baratos”. Más aún, afirma que “aunque no solemos dar la totalidad de la cantidad concedida, es frecuente que demos hasta el 80% de la misma”.

“El bancario hace una valoración inicial teniendo en cuenta el riesgo de la operación. Éste depende de las cantidades que se pidan, los plazos a los que se quiera pagar y la finalidad del préstamo”, comenta Amelia. La subdirectora establece diferencias, ya que para ella “no es lo mismo que se pida un préstamo personal para hacer un viaje, que un préstamo hipotecario para la compra de una vivienda. Lo segundo está mucho mejor valorado, porque un bien raíz como ése es siempre una garantía para el banco, que en caso de impago puede ejecutarla”. Si falta capacidad de pago y de garantías, inmueble o aval fundamentalmente, la operación se deniega por inviable antes siquiera de darle curso.

La homogeneidad de los bancos en sus procesos de concesión

Cuando la operación pasa la apreciación inicial de la sucursal, al solicitante se le piden infinidad de datos para introducirlos en un programa de gestión del crédito. Algunas de las informaciones exigidas son la edad, la nómina, el patrimonio y las cargas que éste tenga, el estado civil o el endeudamiento. Amelia comenta que “los factores tenidos en cuenta son más numerosos y los porcentajes exigidos más exhaustivos que antes de la crisis. Mientras que antes el endeudamiento máximo era de un 40 o 45%, hoy no sobrepasa el 30%. Además, antes cualquier certificación de ingresos valía, aunque fuese a mano y firmada, pero hoy se pide la vida laboral que expiden en la Seguridad Social”. El solicitante tendrá que indicar en qué empresas ha trabajado y en cuál lo hace en la actualidad, siendo preferible que ésta sea grande y de prestigio. “Se busca que lleve al menos dos o tres años en el mismo trabajo y se valoran positivamente cuestiones como que sea funcionario, por la estabilidad, y, si trabaja por cuenta propia, sólo si tiene unos saldos positivos”, indica la directiva. Se agradece que sea padre de familia, con mujer e hijos, “porque entendemos que tendrá un mayor compromiso de pago”. Estos últimos años ha aumentado el número de deudores que huyen del país para no resolver la deuda.

Cada entidad gestiona su operativa con programas cuyas posibilidades son casi las mismas, pero con distinto funcionamiento y apariencia. El programa de cada banco recibe una denominación distinta. El que ha tenido durante años el Banco Santander se llama “Partenón”, pero está siendo sustituido por uno más moderno: “Alhambra”. El propio de Caja Madrid primero se llamó “NIT” y en la actualidad  “NOS”. Todos  estos programas coinciden en que contienen la misma aplicación para gestionar el crédito; se trata del credit scoring. Es un filtro o primera autoridad para valorar las concesiones. Cada banco gestiona esta aplicación de forma distinta y son sus informáticos los que, a petición de la Comisión de Riesgos, modifican los porcentajes, haciéndolos más estrictos o amplios en función de la coyuntura. “Hoy, dadas las expectativas económicas, a los bancos no les interesa crecer en activo y es por eso que endurecemos las condiciones”, afirma  A. A. (a quien llamaremos Andrea), otra directora de una oficina, en este caso del Banco Santander.

Bancos y cajas ajustan y modifican los criterios de concesión según la coyuntura. Hoy, la concesión es una excepción y, cuando esta se da, el cliente tiene que firmar condiciones muy distintas a las inicialmente pedidas. Foto CC-BY sergis blog.

Andrea reconoce que “en recursos informáticos, las cajas de ahorro nos llevan años luz de ventaja a los bancos”. Más aún, explica con resignación que “Bankinter y Banesto son los mimados del grupo, ya que la nueva tecnología la llevan a esos dos bancos y cuando queda desfasada, pasa al Banco Santander. Tecnológicamente nuestro banco es muy arcaico”, sentencia la directora. Sin embargo, reconoce que el cambio al programa Alhambra, que ya tiene oficinas piloto, va a facilitarles bastante la tarea de ponerse al día. “Ya solo tendremos que tener abierto un sistema para trabajar y no quinientos. El programa permitirá la digitalización de papeles y al fin, agilizará la contratación”, asegura.

Del imperio de lo manual al de la máquina

La primera empresa informática en empezar a hacer programas para operativa bancaria fue IBM, pero en la actualidad son muchas las que se han subido al carro, como Fujitsu o Siemens. Además de crear programas, ofrecen servicios de mantenimiento y gestión de los ya existentes. En el caso del Banco Santander, del mantenimiento tecnológico se encargan empresas como Isbank o Produbank. Todas estas empresas son subcontratas creadas por el banco, pero que constan de trabajadores pertenecientes a las empresas de informática citadas. Empresas como Isbank actualizan en la distancia los sistemas informáticos de los bancos, normalmente por la noche, y vigilan su buen funcionamiento centralizadamente.

Sin embargo, no siempre la operativa de los bancos, y concretamente las concesiones de crédito, estuvieron tan informatizadas. Ángel Zamorano, jubilado de Caja Madrid tras 45 años de servicio en la entidad, asegura que hasta los años 80 toda la operativa se hacía a mano. Las concesiones de créditos se hacían a mano e incluso los bancarios iban personalmente a comprobar si los documentos eran correctos o si tal persona en verdad tenía trabajo donde decía. En las oficinas, quien valoraba las operaciones en primera instancia era el director, dentro de sus atribuciones, muy superiores a las actuales. “En 1993 yo decidí darle a una gran empresa láctea un crédito de 40 millones de pesetas, una tremenda cantidad para la época”, recuerda Ángel.  “Hoy, que el director pueda hacer eso es impensable, porque sus atribuciones están muy limitadas y es el ordenador quien decide”, pronostica. Cuando en la oficina se aceptaba una operación, se redactaba en máquina de escribir un documento que se enviaba a través de la valija al departamento de riesgos, para su segunda valoración. El deRiesgos, al dar la segunda valoración y tomar la decisión final, enviaba un acta por la misma saca a la sucursal, donde se decía si la operación era finalmente aceptada o denegada.

Antes de 1981, toda la tecnología que había en las oficinas era “una gran máquina por sucursal, semejante a un piano, donde los empleados tecleaban toda la información para que quedase registrada”. Al teclear, además de quedar registradas las informaciones, automáticamente, como si de una máquina de escribir se tratase, salía todo impreso en una hoja continua con calco. “En los órganos centrales también tenían una máquina de esas y cuando concedían los créditos, volcaban allí esa información para que mensualmente salieran los recibos que el cliente debía pagar”, recuerda el ex bancario.  En 1981 “empezaron a instalarnos ordenadores en las sucursales” y poco a poco, las operaciones que se habían hecho siempre a mano, empezaron a pasar por los ordenadores. Fue rápido, en 1982 las sucursales de todos los bancos contaban con varios PC y el teleproceso se instauró. Todas las entidades partieron al tiempo hacia esta nueva era y lo hicieron con la misma fuerza inicial. Fue con los años cuando empezaron a crearse enormes diferencias tecnológicas entre bancos y cajas”, reconoce también Ángel.

Un juez tan imparcial como inanimado

Cuando el bancario de la sucursal responde todas las preguntas que el ordenador propone, este asigna una puntuación al expediente. A partir de esa puntuación el ordenador la resuelve como “aceptada”, “denegada o a revisar”. Si sale “enegada”, no hay nada que hacer, pero si sale “a revisar”, cliente y banco pueden negociar unas nuevas condiciones. Andrea afirma que “cuando una operación sale “a revisar” suele ser porque el endeudamiento es muy alto y debe ampliarse el plazo para el pago, reduciéndose las cuotas y facilitando así el regular pago. Si se reduce el índice de endeudamiento, el ordenador suele dar la operación por aceptada”. También la entidad podría decidir si ampliar garantías, esto es, si el préstamo era sin garantías puede exigírsele ahora un avalista. En ese caso, se introducirán también los datos de los avalistas en el ordenador, volviéndose a valorar la operación de nuevo.

Solo si la operación fuese aceptada por el ordenador, pasaría al nivel superior, el Comité de Riesgos. Este se suele dividir en tres o más subcomités cuyas denominaciones varían en función de las entidades. Todos ellos están formados por expertos en riesgos de distintas categorías. En el caso de Bankia, Andrea asegura que “las operaciones más importantes económicamente las valora el Comité Financiero, las de importancia media el Comité de Negocios, y las de menor valor, el Comité de Sucursal”. El ordenador automáticamente envía la operación al Comité correspondiente, quien analizará más allá esas variables y tomará la decisión final. Andrea explica que “con la crisis, el Comité está echando atrás montones de operaciones que antes, el ordenador habría aceptado sobradamente”. La existencia de una revisión humana ulterior a las decisiones tomadas por la máquina, parece suavizar la la frialdad que desprende el hecho de que un ordenador determine así el futuro de las personas.

Demasiado pronto, demasiado tarde

Marisa Ruiz, de 53 años, lleva 35 años trabajando de cajera en un banco y asegura que ni a ella le han concedido un crédito hipotecario en su propia empresa. “Cuando pedí la hipoteca para mi casa actual me dieron unas condiciones más ventajosas por ser empleada y jamás me retrasé en mis pagos. Desde entonces no he solicitado ningún otro crédito, he tenido una estabilidad laboral enorme y además con ellos. Sin embargo, hace unos meses que solicité un préstamo para una segunda residencia, para disfrutar en otro ambiente de mis hijos y nietos cuando sea jubilada, y me lo denegaron”, cuenta la excajera. “Me explicaron que el programa de gestión de créditos, al ver mi edad, saltó denegándolo. Que juren tan firme fe a un cacharro hecho de silicio y no atiendan a más razones, me indignó tanto que hubiera preferido que no se justificasen”, se lamenta.  Para Andrea, directora de Bankia, “ningún banco concede ya créditos a una persona cercana a la jubilación y no quieren que el prestatario al final del plazo de amortización tenga 80 años porque se aumenta el riesgo de impago”. Según la directora, “es una cuestión de rentabilidad, cosa que toda empresa mira”. Sin embargo, Marisa esgrime algo indignada que “aunque esté cerca de la jubilación, también la esperanza de vida es mucho mayor. Estoy en la flor de la vida. Creía que harían una excepción conmigo, pero me equivoqué”, afirma triste recordando toda su vida de dedicación al banco. Tanto Marisa como Alejandro, son las caras opuestas de la misma moneda. Cincuenta y tres años es tarde y 30 años es pronto. Las posibilidades de recibir créditos se reducen al extremo. La realidad se convierte, cada día más, en el peor vaticinio de los luditas.

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