Recrear el pasado con arqueología experimental

29 marzo, 2012 | Por | Categoría: Humanos
Desde la década de los 60, la Arqueología es una rama completamente independiente de la Historia. En ese preciso instante, nació una corriente que engrandecía el uso de la Arqueología capaz de estudiar las sociedades humanas a través de los restos, tal y como funciona la arqueología prehistórica. Esta corriente es conocida como arqueología procesual o nueva arqueología.
Miliarios agrupados, originalmente situados a los largo de Via Nova, Galicia. Foto CC 2.5 BY Lago.

Los procedimientos de recogida de pruebas son plenamente científicos y muy exhaustivos. A pesar de ello, se producen errores como en todas las parcelas del descubrimiento del conocimiento y del saber. Éste deriva de la interpretación de dichas pruebas,  y a mi propia experiencia me remito cuando, en el año 1991, estuve excavando con la eminente prehistoriadora Doña Teresa Chapa en el yacimiento ibérico de Castellones del Ceal. En una de las catas que habíamos abierto, en un nivel ibérico de los siglos III y IV a.C., apareció un cilindro gris de piedra pulimentada totalmente regular de unos quince centímetros de altura. Entonces empezamos a especular sobre la utilidad del artefacto. Oímos comentarios sobre si podía ser un cilindro-sello mesopotámico sin grabar, un idolillo neolítico sin terminar… hasta que uno de los trabajadores de avanzada edad de la zona del yacimiento, nos hizo ver que era una piedra de afilar que aún en nuestros días siguen usando.El desconocimiento del modo de emplear y recrear técnicas y artefactos en contextos que no son familiares es el que estudia la arqueología experimental. Desde los años 60, ésta se ha usado para multitud de fines como la recuperación de técnicas de construcción de megalitos o de técnicas agrícolas de la edad de hierro, la reproducción de útiles críticos paleolíticos o, entre otros, el estudio de técnicas metalúrgicas.

La experiencia positiva más notable es la del arqueólogo americano Lewis Binfort, que se trasladó un año a vivir con cazadores esquimales con la intención de aprender sus técnicas de despiece para estudiar la distribución de restos óseos de fauna en los yacimientos paleolíticos. De manera contraria, también se han producido efectos negativos tan esclarecedores como los famosos «Bastones de Mando», que son piezas de hueso y madera decoradas con incisiones y con un agujero en la zona donde se juntan las dos partes del bastón. Actualmente existen hasta cuarenta hipótesis de qué son los posibles utensilios. En este caso, se puede ver que la arqueología experimental trata de evitar las típicas etiquetas, como «artefactos de carácter ritual», que aparecen en la mayoría de los museos y que se emplean cuando el arqueólogo no tiene ni la más remota idea de la función del mismo.
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El traslado de esta disciplina a la divulgación se traduce en la pequeña explosión de grupos recreacionistas que ha habido en los últimos años.  Éstos tratan de recrear el pasado reproduciendo, durante unas horas o días, las condiciones de la época que se estudia. El espectro incluye, desde estudiantes de universidad americanos que buscan una excusa para ponerse una toga y correrse una buena juerga, hasta grupos asociados a entidades serias como museos o institutos de investigación que muestran sus hallazgos y productos en ferias, y acaban siendo contratados por ayuntamientos, entre otros organismos.
La historia habla por sí sola
El gran historiador militar John Keegan, profesor en la academia militar inglesa de Sandhusrst, en la introducción de su libro The Mask of Battle, afirma: «aunque mi conocimiento académico sobre la guerra sea enorme y reconocido, nada podrá suplir la experiencia personal de primera mano de un veterano; y como yo personalmente no he estado en un ejército en mi vida, todo lo que afirme debe ser tenido en cuenta como algo escrito por alguien sin experiencia militar». Este arranque de sinceridad en uno de los más grandes historiadores militares de nuestra era, debería hacernos reflexionar sobre la alegría con la que los historiadores intentamos interpretar textos sobre armas y batallas, sobre los que podemos tener un conocimiento auxiliar gracias a la Arqueología, pero que nunca podremos terminar de entender por falta de experiencia directa.
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Como investigador tengo una cierta afición por las armas antiguas, y en este campo, del cual me creía sumamente erudito, recibí una buena cura de humildad de un experto en artes marciales y miembro de la asociación española de esgrima histórica, Don Manel Avrillon, con el que dialogué sobre la estructura y utilidad de las espadas alto medievales del norte de Europa y sobre el conocimiento de la clasificación de Oakenshot, básica para el establecimiento de tipologías de este tipo de espadas. Don Manel tenía en su experiencia haber podido tocar con sus propias manos armas de este tipo, y tras ello llegar a una conclusión: «en el hipotético caso de verme envuelto en una batalla medieval, preferiría una hacha barbada o un buen martillo de guerra a un arma tan frágil». Si bien los profesionales de las artes marciales pueden carecer de crítica en el uso de las fuentes históricas, tienen algo que los historiadores de la antigüedad no tenemos: un conocimiento del funcionamiento de la biomecánica corporal que se puede aplicar al uso de las armas.
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No obstante, quizá los historiadores y arqueólogos logren vislumbrar su funcionamiento si llegan a empuñar y aprender algo de la mecánica de las armas de estas sociedades. Ahí es donde la biomecánica puede aportar explicaciones a muchos textos confusos sobre la Edad Media y la Antigüedad.
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¿Por qué es conveniente el estudio de las armas antiguas? ¿Es acaso importante para el estudio de las ciencias sociales que un participante en una refriega llevara una lanza en vez de un montante? Curiosamente, sí. El uso de determinadas armas por ciertas sociedades es un claro síntoma de su estructura social. Es decir, que la facilidad con la que puede entrenarse a un soldado en el uso de un arma determinada va, curiosamente, en función de esa estructura social. Tenemos armas que requieren especialización y largas horas de entrenamiento, como la espada o todo lo relacionado con combate a caballo, y tenemos armas que el recluta está cualificado para utilizar con un par de horas de entrenamiento, como la lanza. La dedicación de muchas horas al entrenamiento militar con armas que no precisan para su adecuada utilización que el usuario guarde una formación determinada, nos indica que el mismo pertenece a un estrato social de corte aristocrático.
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Sin embargo, los condicionantes geográficos son menos importantes de lo que en un principio pudiera parecer, por ejemplo, en los modos de lucha y en las armas de dos zonas eminentemente montañosas como Grecia y la Península Ibérica. Las condicionantes geográficas son claramente similares, los modos de luchar difieren enormemente. En la Península Ibérica, los diferentes pueblos de la Antigüedad empleaban sobre todo infantería ligera y prácticas de guerrilla. Sin embargo, en Grecia primaba la infantería pesada en las formaciones cerradas, es decir falanges, las cuales eran absolutamente incompatibles con el tipo de terreno, hasta el punto de que los ejércitos tenían que citarse en ciertas llanuras para luchar. De ahí que nos encontremos que numerosas batallas a lo largo de la historia de Grecia (Platea, Queronea, Leuctra…) sucedieron en las mismas planicies no porque tuvieran algún significado ritual o simbólico, sino porque no había otro sitio para combatir en formaciones cerradas.
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¿Por qué desarrollaron los griegos esta forma tan incomoda de combatir en su terreno? Sencillamente porque los condicionantes sociales pesaban más que los geográficos. El ciudadano de una polis griega dependía de la guerra como otra actividad más del Estado para medir su participación política. Es sorprendente —y muy políticamente incorrecto— el hecho de que el sistema político griego y, en última instancia, la democracia, provengan de cambios en la manera de hacer la guerra a partir del siglo VIII a.C.
Un arma no sólo es un arma
Es a su vez un reflejo de la sociedad que la empuña. Asimismo, el estudio de la guerra, muy de capa caída en estos últimos decenios, es necesario por cuanto que en la Historia no se podrían  entender un gran número de  innovaciones tecnológicas que se desarrollaron a partir de un determinado conflicto.
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Una definición del estudio de la biomecánica en el uso de las armas antiguas podría ser la siguiente: cómo utilizar el cuerpo para lograr un máximo aprovechamiento de las capacidades biomecánicas del mismo, con el objetivo optimizar el uso de las armas, teniendo en cuenta tanto factores técnicos como tácticos. Como factores técnicos tenemos la geometría de las líneas de fuerza del cuerpo, y como factores tácticos el máximo aprovechamiento del tiempo y del esfuerzo que vamos a emplear en el manejo del arma. La anatomía humana  limita lo que se  puede hacer con un arma. La manera de empuñarla, los elementos defensivos contra los que se va a utilizar y las relaciones de peso, movilidad y recuperación de dicha arma conforme a las características propias del cuerpo humano son los factores que nos van a dar las claves de cómo se utilizaba. Las fuentes más importantes para el estudio de la biomecánica en el uso de las armas antiguas son las siguientes: paralelos etnográficos o biomecánica actual, esgrima deportiva, artes marciales orientales y occidentales, e incluso ciertas danzas que imitan la lucha pueden darnos pistas respecto a cómo se utilizaban las armas en tiempos pretéritos. Sin embargo, estos paralelos han de tomarse con sumo cuidado. Por ejemplo, la esgrima deportiva utiliza armas diseñadas ex profeso para no causar daño, cosa que redunda en un planteamiento biomecánico diferente al de una lucha real. En un concurso de esgrima deportiva, el objetivo es tocar al contrario, no meterle dos palmos de hierro en el pecho.
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En segundo lugar, podemos encontrar las representaciones artísticas. Éstas han de estudiarse con precaución, en tanto que normalmente su intención no es mostrar de forma fehaciente los progresos militares de la sociedad. Pueden ser simple propaganda, puede primar la estética frente a la representación histórica, o pueden ser, sencillamente, el fruto de la imaginación del artista.
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Los manuales también pueden ser vistos como fuentes, desde el famoso I-33, el primer manual de esgrima que se conserva de la Historia (circa 1300), se han ido publicando, especialmente en el Renacimiento, numerosos textos que dan la impresión de tratar de mostrar el uso de ciertas armas. Normalmente escritos por maestros de esgrima y decorados con útiles ilustraciones, su estudio ha demostrado que no son una fuente tan fiable como en principio pudiera parecer. Para empezar, se centran en el duelo y tienden a ignorar la guerra, que son dos tipos de combate distintos. Asimismo, un Maestro no solía escribir  todo lo que sabía y, de hecho, no es extraño que intentara oscurecer de forma intencionada algunos movimientos para preservar los secretos de su arte.
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Sin duda alguna, los textos son un factor importante a tener en cuenta. Tenemos, a lo largo de la historia de la humanidad, numerosos cronistas e historiadores que han escrito tratados sobre la guerra o historias de guerras o batallas concretas. Muchos dan por supuesto que el lector sabía esgrimir un arma, y obviaban ciertos detalles. ¿Quién escribiría hoy sobre la guerra de Irak detallando minuciosamente cómo se dispara un fusil automático? Hay que tener en cuenta si el autor fue o no testigo de lo que relata, la distancia temporal a la batalla descrita y la intención del que lo narra; todo ello pesa sobre la interpretación que podemos dar a la obra, por lo que la crítica textual es fundamental. Por último, un palabra de aviso sobre la traducción de términos técnicos relacionados con el mundo bélico: no podemos pretender que los traductores de estas obras sean expertos militares y sesudos conocedores de las tipologías armamentísticas. Es, por lo tanto, necesario intentar trabajar con originales.
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El estudio de armas originales provoca que uno se lleve sorpresas. Por ejemplo, suelen ser más ligeras y mortíferas que lo que se puede llegar a pensar. Por lo general, las armas se deben estudiar pensando que es probable que procedan de un mundo donde tendían a estar personalizadas, adecuadas para la biomecánica de un individuo en concreto.
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Y en último lugar, y no por ello menos importante, se dan las técnicas forenses. Es decir: el estudio del resultado de la actividad bélica es clave a la hora de reconstruir cómo se utilizaban las armas en el pasado. El trabajo del antropólogo forense, en este caso, es similar al policial. Especialmente fértiles en datos son las fosas comunes como la de Visby, en Suecia (s. XIV). Una de las conclusiones más curiosas que se han sacado del estudio de esas fosas comunes medievales es la abundancia de heridas contundentes realizadas con mazas y martillos, frente a las heridas cortantes y perforantes, aunque este dato se ha de tomar con precaución por la documentada costumbre de rematar a los moribundos con un golpe en la cabeza.
Toda disciplina tiene límites
Los límites, en este tipo de estudio, se establecen a la hora de intentar fijar un paralelo etnográfico. Es obvio que ni el contexto, ni la mentalidad, ni las armas en sí reproducen las condiciones del pasado, por lo que las conclusiones de esta forma de investigación deben ser tomadas con precaución, y el estudio en sí debe ser entendido como una disciplina auxiliar más dentro de la arqueología experimental.
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Uno de los grandes problemas que tienen los historiadores a la hora de utilizar el estudio de la biomecánica como disciplina auxiliar es la falta de documentación. Si bien Manel Avrillón puede haber estudiado los aspectos biomecánicos de una espada del s. XIII luchando contra otra persona, nunca ha tenido que batirse a muerte. Richard Cohen cuenta cómo un campeón de esgrima húngaro de los años 30 tuvo un duelo y, llegado el momento, se dio cuenta de que lo que sabía de armas blancas no le servía absolutamente para nada.
Los  profesionales de las artes marciales basan sus técnicas en las tradiciones orales de escuelas orientales u occidentales, trasmitidas de maestro a maestro. Esta oralidad hace que, muchas veces, los historiadores sean renuentes a tomarse en serio esta forma de estudio.
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