Obsolescencia programada, despilfarro tecnológico

25 mayo, 2012 | Por | Categoría: Negocios
La obsolescencia programada, el recorte deliberado de la vida de los aparatos, reina en un modelo de consumo en el que cada tres minutos se crea un producto nuevo y que generan toneladas de basura.

¿Tiene derecho un fabricante a programar la rotura de un producto? Foto CC By Newtown Grafitti.

Después de 20 años, Encarna, una profesional muy ocupada dentro y fuera de casa, ha tenido que llevar su antigua lavadora a un contenedor. La separación ha sido difícil, no sólo por los años y servicios compartidos, sino porque ella sabe que no volverá a caerle esa breva. Ya no. Las lavadoras de hoy tienen una vida útil media de 10 años frente al doble de sus predecesoras, por no hablar de otros aparatos electrónicos como neveras, impresoras, móviles u ordenadores. El acortamiento del ciclo de vida de los productos lo explica la teoría de la obsolescencia programada. Esta hipótesis afirma que las cosas se rompen porque hay una estrategia premeditada por parte de los fabricantes con el objeto de disminuir el periodo de tiempo que pasa entre la compra de un producto y su sustitución, para así engordar las ventas y los beneficios.

Esta reducción deliberada de la duración de un producto tiene fundamento en un sistema económico con unos niveles de consumo muy elevados, que requieren bienes que se estropeen o desactualicen, obligando a sustituirlos por otros a un precio asumible. José Villacís, profesor de macroeconomía de la Universidad CEU San Pablo, pronostica una posible consecuencia de la obsolescencia programada vaticinada en el s. XIX, aunque entonces no existía aún este concepto y nunca se llegó a cumplir. Villacís cree que esta sociedad de consumo extremo no puede más que llevar al conocido “paro marxista”. Marx aseguró que la sustitución de trabajadores por maquinaria haría que el desempleo se incrementara, generando así lo que él llamaba la población obrera sobrante. De esta manera, aumentaría progresivamente la miseria de la gente por dos motivos: por una parte habría más desempleados y, por otra, los que estuvieran empleados serían cada vez más explotados y peor pagados, por lo que se haría imposible la compra del stock de los productos. Por este motivo, José Villacís se pregunta si este escenario es sostenible, pues la economía mundial se basa en el consumo y, si los ciudadanos no consumen, el sistema económico se vendrá abajo.

La cultura del despilfarro se vio amenazada cuando se cayó en la cuenta de que no había sitio donde colocar tanta chatarra. La solución fue que el constante flujo de residuos provocado por la obsolescencia programada acabara desembarcando en distintos países del Tercer Mundo. Existen leyes que prohíben esta práctica y, sin embargo, el Primer Mundo se las ha ingeniado para sortearlas, declarando estos residuos como productos de segunda mano. Una gran farsa, teniendo en cuenta que más del 80% de ellos no pueden ser reparados y acaban en estos modernos e improvisados vertederos bajo el eslogan “informaticemos el Tercer Mundo”.

 

 

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