Hominización y humanización

5 marzo, 2012 | Por | Categoría: Humanos
Entre los zoólogos y ecólogos españoles más destacables desde el siglo XIX, José Antonio Valverde (1926-2003) figurará como una de las más reconocidas autoridades. Su amplia obra revela la amplitud de sus inquietudes, no limitadas a la Biología, sino también extensivas a la Historia y a la Antropología.
Cráneos de homínidos en la Academia de las Ciencias de California. Foto CC-By Sporst

Valverde expone una sugestiva teoría sobre el penúltimo proceso evolutivo en la hominización: el tránsito de los Astralophitecus a los Homo. Siete años más tarde, Clifford Jolly,  un primatólogo británico, desarrolló la misma hipótesis. Sin embargo, en la obra de Valverde echamos de menos una consideración sobre el paralelo y excelso proceso de la humanización. No sólo somos homínidos y homininos, somos seres humanos.

Valverde desarrolla y expone magníficamente varias líneas evolutivas adaptativas y convergentes en el proceso de hominización, en el paso de los Australophitecus a los Homo.

  • Regresión de la arcada dentaria (modificación aparato masticador).
  • Abandono de la braquiación (modificación del quiridio).
  • Adaptación al bipedismo. La atracción condilar, la creciente eficacia biomecánica de los músculos maseteros, el desplazamiento de la arcada dentaria bajo la base craneal, el desarrollo de un pulgar oponible, el incremento de la capacidad craneal (de 500 a 1.500 cm3), el preciso aporte de proteínas en la dieta, a efectos de sostener un mayor coste metabólico en un sistema nervioso central, el descenso de la laringe…, resultan procesos de reseñable importancia.

Sin embargo, frente a la hominización nos falta un escalón decisivo: la humanización. ¿Qué nos hace humanos? En el capítulo XIV del libro de Valverde (“¿Por qué se hace humano un mono granívoro?”) se plantea la cuestión, pero como respuestas sólo encontramos las pruebas anatómicas y morfológicas ya mencionadas.

Más adelante, en el capítulo XIX (“De Homúnculus, Simúnculus y fonación”) aborda el desarrollo de la fonación, gracias al descenso de la faringe, correlacionándola con la rapidez de la cerebralización. El desarrollo de un lenguaje fue un proceso inicialmente lento, que se aceleraría en los Cromagnones (Homo sapiens sapiens), no así en los Neandertales (Homo sapiens neanderthalensis), lo que conferiría claras ventajas adaptativas a los primeros. El lenguaje permitiría una comunicación más eficaz, facilitaría la innovación tecnológica y, entre otras cosas, facilitaría la emigración y -en consecuencia- el intercambio genético, reduciendo la endogamia. Pero, sobre todo, la capacidad de desarrollar un pensamiento simbólico, complejo y razonable.

Valverde expone, como factor motivacional en el rápido desarrollo del lenguaje, el temor a los predadores. Y añade otros: el celo en animales gregarios, la territorialidad, la jerarquía y la alimentación. Y es al final del capítulo XIX donde el autor atisba uno de los puntos cruciales en el proceso de humanización: “En los tiempos en que explicar y comprender dónde estaba la fiera predadora establecía la diferencia entre la vida y la muerte, el hombre debió aprender a hablar muy deprisa…”. Los Homo habilis (de hace 2’5 eones) comienzan a complementar su dieta vegetariana con los aportes proteínicos de la carroña, compitiendo por la misma con otras especies de la sabana africana. A partir de entonces se produciría, lenta pero progresivamente, la llamada “revolución neolítica” o “liberación ecológica”: el tránsito de cazadores/recolectores a ganaderos/agricultores.

Sin embargo, Valverde no va más allá. Se queda en el papel del lenguaje para explicar el peligro, el acecho de la muerte. Y aquí entraríamos en la estricta humanización. En los clanes se asiste a la muerte de los individuos de forma natural o violenta (por grandes carnívoros o por luchas entre congéneres). Y eso, inequívocamente, conlleva un sentimiento de dolor. Algo que se da en otros animales, pero no con la intensidad que se da en los humanos, posiblemente debido al superior desarrollo de nuestro sistema nervioso central. El dolo está íntimamente ligado a la afectividad, que se desarrolla más cuanto mayor es el grupo y la cerebralización mayor, lo que nos llevaría, asimismo, al altruismo.

Hay un subsiguiente y decisivo paso en esa “liberación ecológica” y es que las armas ya no sólo servirán para cazar, sino para matar a congéneres. La resolución extrema de conflictos acrecienta aún más el sentimiento de dolor. Pero además, el de culpa y el de arrepentimiento. Nos situamos hace 1’6 millones de años, cuando el Homo erectus incluso practicaba un cierto canibalismo ritual.

Así, el ser consciente del significado de la muerte (por unas u otras causas) de allegados o semejantes conllevará el sentido de la propia vida y la trascendencia. Ya en las edades prehistóricas esa creencia en la vida de ultratumba es manifiesta y, a partir de las primeras grandes civilizaciones, será magníficamente ritualizado. El pensamiento trascendente llevó, ineluctiblemente, a creer en una Creación.

El papel del lenguaje y la palabra en el proceso de humanización

Una de las particularidades que nos diferencia de los demás animales es nuestra exclusiva capacidad de comunicar, mediante la palabra, las experiencias que se van organizando continuamente en el pensamiento. La mayor parte de nuestra experiencia y conocimientos los adquirimos mediante la palabra (oral o escrita) de un entorno organizado, generalmente, por la actividad social humana: y ese entorno es lo que conocemos como sociedad. Frente a la evolución biológica que se da en el resto de los animales, en el hombre se da una evolución cultural que tiende a una progresiva integración en ese entorno, en la sociedad.

La adquisición de la facultad de la palabra permitiría suplantar al resto, así como a otras especies competidoras, en eficacia ecológica. Comenzaríamos a desenvolvernos en un medio ya supraanimal: la citada liberación ecológica.

Como más arriba comentábamos, los trabajos de Valverde (entre 1963 y 1966) no ahondan en el papel del lenguaje en el proceso de humanización. Sí lo haría Faustino Cordón, en 1981, en su obra La naturaleza del hombre a la luz de su origen biológico.

Los primeros Homo habilis (2’5 eones) comenzarían a desarrollar una creciente polifagia, a ir rebasando la previa especiación trófica. La incorporación de un número cada vez mayor de fuentes alimenticias incrementaría la actividad cooperante. Y la conducta cooperante se manifestaría en tres hechos estrechamente correlacionados, ya con los Homo erectus (1’6 eones):

  • Progresos en la preparación de útiles cada vez más eficaces.
  • Elaboración de alimentos, recurriendo al fuego y al agua.
  • Acampar en lugares protegidos a efectos de trabajar en común, resguardarse y preparar los alimentos. La constitución de pequeños grupos o clanes, a tales efectos, conllevaría la mejora de los gritos circunstanciales, antes prácticamente sólo empleados para avisar del peligro. En definitiva, los primeros rudimentos del uso de la palabra para transmitir dónde y cuándo se encontraban las fuentes de alimentos, cómo coordinarse para obtenerlos, cómo fabricar y mejorar la industria lítica, de qué maneras preparar los alimentos perecederos y, por supuesto, cómo eludir a los predadores o a otros clanes vecinos competidores. La experiencia, en fin, de trabajar en común en un contexto ya cultural y en un medio supraanimal.

Esta notable inflexión evolutiva se vería acelerada, en unos cientos de miles de años, por las mismas consecuencias de los puntos anteriormente citados. Podríamos exponer las siguientes:

  • La ampliación del espectro trófico conllevó una reducción (economización) en el tiempo dedicado a adquirir los recursos tróficos. Esa misma ampliación traería un mayor conocimiento del medio, transmisible no ya por imitación (como sucede, por ejemplo, en los lobos), ni por los ancestrales e ineficaces gritos guturales que sólo avisaban del peligro. Conocer el medio para comunicarlo supondría transmitir oralmente:
    • La ubicación de los alimentos.
    • Cómo prepáralos (como mantener o preparar el fuego).
    • La fabricación de armas y herramientas cada vez más eficaces.
    • Un exhaustivo conocimiento orográfico. Todo esto, entre otras cosas, no es transmisible simplemente aullando, olfateando o rastreando.
  • La “liberación ecológica” traería un sobrante de tiempo en la dedicación a la pura subsistencia, más aún estando resguardados en pequeños grupos. Ya no son homininos que, como los Australophitecus, deambulaban entre el bosque y la sabana, dependiendo su alimentación de lo que encontraran, básicamente, según la temporalidad de los recursos tróficos.
  • El agrupamiento creciente, en número de individuos, y su convivencia colectiva en zonas resguardadas, conllevaría –lógicamente– compartir un espacio limitado (restringido) de trabajo y un mayor tiempo de reposo. Una mayor convivencia en la que irá creciendo la transmisión oral y la modulación del lenguaje. En definitiva, la progresiva organización de los rudimentos del lenguaje en oraciones: unas voces completarían el sentido de otras y, recíprocamente, lo recibirían de ellas.

El lenguaje abre, para el ser humano, una extraordinaria capacidad: la de concluir que toda realidad es cognoscible. Algo a lo que se refiere el punto 337 del Catecismo, donde se nos indica la posibilidad de conocer la naturaleza íntima de todas las criaturas. Y no sólo conocer la realidad, sino compartir y transmitir esa información.

Pero el desarrollo de un elemental lenguaje hubiera quedado muy limitado si sólo se hubiera empleado para comunicarse acerca de situaciones actuales (p.ej.: cómo mejorar el filo de un hacha), o para transmitir experiencias (p.ej.: cómo descuartizar una pieza de caza). En algún momento debieron darse dos procesos

  • La abstracción del sujeto (referirse al agente de la acción, diferenciándolo entre varios cooperantes).
  • La abstracción del predicado verbal (diferenciar entre varias posibilidades, qué acción u opción convendría tomar). Este pensamiento abstracto mejoraría la planificación y haría más efectiva la proyección de planes hacia el futuro. Por ejemplo: un grupo de cazadores podría discutir sobre qué individuo lideraría una próxima expedición, así como sobre cuál sería la estrategia más fructífera. La abstracción no sólo se orienta hacia el futuro, sino también al pasado. El sentido de la contingencia (p.ej.: por qué fracasaron en la última cacería). Lo cual nos lleva a un paso importantísimo: la interiorización del lenguaje (la reflexión), que iría –paulatinamente– incrementando el grado de abstracción. Indudablemente, el pensamiento abstracto y su expresión oral enriquecerán el lenguaje al diferenciar tiempos verbales y sujetos.

Así, la necesidad de precisar circunstancias espacio-temporales iría intercalando una creciente serie de frases (de expresiones verbales), de oraciones cada vez más abstractas y con mayor contenido informativo (experiencia y reflexión, tanto de la vida individual como de la colectiva). Algo que no hubiera sucedido si los objetivos no hubieran sido cada vez más trascendentes, complejos y previsibles; es decir: si no hubiese crecido la cooperación y, así, la sociabilidad.

Volviendo sobre la reflexión. Al menos se darían tres motivos prácticos y otro trascendente (espiritual) por los que se iría desarrollando la interiorización del lenguaje. Los tres primeros:

  • No interrumpir el trabajo de otros.
  • Concebir y prepararse para tareas crecientemente complejas que exigen una mayor previsión.
  • Pasar inadvertido ante animales a los que se quiere cazar o evitar.
  • El papel de la reflexión sobre la trascendencia de la propia vida humana, de los animales abatidos, de la Creación en sí. Si el desarrollo del lenguaje es paralelo al del pensamiento, es lógico deducir que los primeros humanos no sólo comenzasen a reflexionar sobre los tres puntos antes citados (en un estricto plano de abstracción práctica), sino que interiormente asumieran el sentido del dolor –del que ya hablamos más arriba–, de la vida, del origen de las criaturas, del más allá. La reflexión por el dolo de un congénere, la vida de ultratumba. Si el hombre ya no dependía de la naturaleza (entendida, estrictamente, como un medio hostil), ¿de qué dependía el hombre?

Podríamos concluir que somos la única especie dotada de un lenguaje, exteriorizado o interiorizado. Entre nosotros nos comunicamos mayormente por la expresión oral. No siempre, pues muchas veces nuestra reflexión se exterioriza en gestos o miradas que son, también, lenguaje. Se puede compartir que otros animales también se comunican por sistemas fonéticos más o menos complejos y por gestos o señales, pero ningún otro ha desarrollado un lenguaje mínimamente complejo, ni la capacidad de abstracción y reflexión humanas.

Pero hay algo de sucinta importancia. Somos la única especie que nos planteamos un sentido de la trascendencia sobre nuestros orígenes y destinos. Nuestra capacidad de pensar y reflexionar nos ha llevado, en todas las culturas y civilizaciones, a concluir que uno o varios creadores nos hicieron, junto con el resto del mundo. Y, desde luego, somos los únicos en dirigirnos a Dios (o a esos dioses, en otras civilizaciones) tanto con un lenguaje exteriorizado como interiorizado.

Fe y evolución

En Génesis 1 (28-30), tras la creación del hombre, Dios se dirige a Adán y Eva. Les habla pues le entienden, comparten el lenguaje, pues han sido creados a su imagen y semejanza. También habla al primer hombre para prohibirle comer del árbol de la ciencia del bien y del mal (Gén. 2, 16). Más adelante (Gén. 2, 20), se describe cómo el hombre pone nombre a los ganados, aves y bestias. Y con la creación de Eva, Adán expresa su satisfacción (Gén. 2, 23-24). A partir de entonces son innumerables los pasajes en los que se establecen diálogos entre Dios y los hombres.

Siguiendo el relato del Génesis, podría darse una interpretación hermenéutica que no diferiría de las hipótesis y hallazgos expuestos por la ciencia. Así, se nos relata que Dios creó al hombre modelando de la arcilla (Gén. 2, 7), lo que podría interpretarse como el proceso evolutivo que conduciría a la hominización. Cuando acabó de modelarlo “le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado”. Concluye la hominización y empieza la humanización (el aliento de la vida, la infusión del alma al ser –hasta entonces– no animado). ¿Cuánto duraron ambos procesos? No lo sabemos, ciertamente. Sin duda no un solo día. Pretender conocerlo supondría vulnerar el compromiso adquirido de no quebrantar el sagrado secreto que guarda el árbol de la sabiduría, en tanto símbolo de la sublime Creación. Sería profanar la Sabiduría excelsa: pretender ser Dios. Y por contrapartida, no hay pues base bíblica (doctrinal) para negar la evolución en el arco de las especies creadas.

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