El largo embarazo de la ciencia moderna

21 abril, 2012 | Por | Categoría: Ideas
La ciencia moderna nació en la modernidad pero tuvo un largo periodo de gestación: del  embrión de los  S. XII y XIII al feto a finales de baja edad media.

Imagen de De Sphaera Mundi (1230), de Johannes de Sacrobosco.

A finales del s. XVII, al llegar a Europa informes detallados describiendo la geografía, la política, la historia, la literatura y la filosofía, así como los brillantes logros en arquitectura y obras públicas y en bellas artes de la China milenaria, algunos librepensadores franceses contemporáneos se preguntaron inmediatamente porque la ciencia no surgió en otra parte. ¿Porqué no en la China? Es decir, porqué allí no se había llegado a una ciencia comparable a la ciencia europea de la época.

La pregunta estaba mal hecha: ni en Egipto, ni en Mesopotamia, ni en la India, ni en América (entonces recién descubierta), ni siquiera en la Grecia clásica había llegado la ciencia a nivel de progreso continuo, automantenido como el alcanzado ya en el  S. XVII en Europa.

En todas esas civilizaciones hubo conatos prometedores de una ciencia viable, como documenta Stanley Jaki en Science and Creation: From eternal cicles to an oscillating universe (1990), pero no se llegó a consolidar una ciencia propiamente dicha en ninguna de ellas. Por tanto, la ciencia moderna solo ha tenido un nacimiento viable en una civilización: la Civilización Occidental Europea.

La madurez llega con Copérnico, Galileo, Kepler y Newton, sobre todo con Newton. Sin embargo, los Principia de Newton no surgen de la nada. Pierre Duhem, célebre físico teórico francés, pionero de la historia de la física, ulteriormente complementado por Stanley Jaki, reconstruye en su Le Systeme du Monde ( 12 volúmenes, 1913-…), retrotrayéndolas a la teoría del “ímpetus”, formulada en el S. XIV por Jean Buridan, profesor y rector en la Universidad de Paris, y por su discípulo Nicole Oresme.

Cuando Stephen Hawking afirma en su bestseller Historia del tiempo que después de Aristóteles nadie había puesto en tela de juicio las bases de la física aristotélica hasta Newton se equivoca. Ya Juan Philopon , filósofo cristiano del s. VI lo había hecho. Pero soble todo es precisamente Juan Buridan (de cuya obra principal en latín había copias en las principales universidades de la Cristiandad, de Salamanca a Cracovia, pasando por Oxford y Cambrdge) el que formula el principio del “ímpetus” o del “movimiento inercial”, que él aplica inmediatamente a los movimientos de los planetas, los cuales podían repetirse indefinidamente en un medio “sutil” (sin rozamiento) al no haber causa para que pudiera disminuirse o desgastarse.

En los S. XII y XIII, época en la que se construyen las grandes catedrales góticas y en la que se fundan las grandes universidades de la Cristiandad Medieval, se formulan los principios de la “filosofía de la naturaleza”, que van a poner las bases para que Buridan y Oresme den un primer paso crucial para que luego Copérnico de un paso de gigante, seguido por pasos decisivos de Galileo, Tcho Brahe y Kepler, hasta llegar a la definitiva formulación de Newton.

Abelardo de Bath, Tierry de Chartres, Roberto Grossetteste, Alberto Magno, Tomás de Aquino y Roger Bacon, entre otros, proporcionan el “humus” sobre el cual va a germinar la atrevida teoría heliocéntrica de Copérnico, y sobre el que Galileo formulará la ley que describe correctamente la caída de los cuerpos masivos bajo la acción de la gravedad. Una ley que, poco antes, había sido formulada ya rudimentariamente, por Domingo de Soto, en la Universidad de Salamanca.

Más adelante, casi tres siglos después del descubrimiento de América, la ciencia contemporánea se emancipa de la matriz cultural cristiana que la vio nacer. El mundo está bien hecho, y la inteligencia humana está también bien hecha para comprenderlo, creados ambos por un Creador, Inteligente, Bueno y Todopoderoso.

 

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