¿En qué investiga Repsol?

12 julio, 2012 | Por | Categoría: Negocios
Repsol tiene uno de los más grandes y dotados centros de investigación de España. ¿A qué se dedican sus 400 investigadores? ¿En qué innova? ¿Hacia dónde va?
Superordenador Marenostrum

Superordenador Marenostrum usado por Repsol. Foto: Repsol.

Una de las ventajas de globalizar la economía mundial es que los países que antes llamábamos subdesarrollados se han convertido en “países emergentes”. La desventaja de la globalización es que, con la crisis, España se ha convertido en un aspirante a país emergente.

Sin investigación, no emerges, más bien te sumerges. Tenemos algunas multinacionales que hacen I+D de verdad. Una de ellas es Repsol, que siempre ha estado en el negocio del petróleo y el gas, y que planea ampliar su objetivo empresarial y convertirse en lo que ellos llaman “una compañía de energía para el transporte”. O sea, electricidad, biocombustibles, asfaltos y lo que haga falta.

Se supone, y es mucho suponer, que del petróleo existente se ha extraído ya un 30%. Con  la tecnología actual, puede llegar a extraerse un 50%. Y con las nuevas tecnologías,  que una prognosis razonable permite vislumbrar, podríamos llegar al 60%. Nadie sabe a ciencia cierta si se podrá sacar de donde esté el otro 40%. Con el gas pasa, más o menos, lo mismo. Las nuevas técnicas han permitido, por ejemplo, a Estados Unidos pasar de ser un importador neto de gas a un exportador. No lo ha conseguido descubriendo dónde hay más gas, sino descubriendo cómo extraer el que ya tiene localizado. El factor que importa es la investigación.

Una demanda brutal

En Repsol piensan que todo lo que se pueda hacer se va a hacer, y que la única manera de sobrevivir es adelantarse. En ciertas culturas empresariales, adelantarse no es gratis. Cuando los ingenieros de la petrolera empezaron a hablar de entrar en el mundo del coche eléctrico algunos, en el interior de la compañía, pusieron mala cara: “nos queréis hundir”, dijeron.  Ahora lo ven con ojos distintos. Se sienten seguros, pese a reveses como el argentino, porque saben que todos los países del mundo están muy preocupados con el suministro de energía y el brutal incremento de la demanda. Si el planteamiento es ser suministrador de “energía para el transporte” -y no sólo una petrolera, por grande que sea-, el futuro está garantizado.

Repsol tiene un centro de investigación tecnológica con miles de metros, decenas de laboratorios y 400 investigadores en el kilómetro 18 de la carretera de Extremadura: muy bonito (qué diseño), muy moderno (2002), muy funcional (hasta las tuberías están pensadas para ser algo más que tuberías), muy limpio (y no se ve a nadie limpiando) y muy secreto (prohibido fotografiar casi todo, incluidas las etiquetas de los tarros).

Los que trabajan allí tienen dos objetivos básicos. El primero, bajar el precio de los productos a fuerza de investigar cómo mejorar todos los procesos: medio céntimo por litro es un tesoro. El segundo, lograr una patente por la que alguien, en cualquier parte del mundo, tenga que pagar.

Esto de hacer un agujero en el suelo, al estilo James Dean en Gigante, y que el petróleo salga a chorros como si fuera un géiser, es el pasado que nunca volverá. Ahora hay que afinar mucho dónde se perfora, que es carísimo, y acertar, acertar y acertar. Un fallo de cada cuatro es lo máximo que uno se puede permitir. ¿Y cómo se hace para acertar? Repsol tiene dos proyectos para afinar en esta ruleta: Caleidoscopio y Sherlock.

Caleidoscopio es un proyecto para dar con yacimientos rentables empleando nuevos sistemas de análisis de rocas. Es una colaboración con IBM capaz de analizar datos 15 veces más rápido de como se hacía hasta ahora. Como cuenta Miguel Ángel Caja, geólogo en el laboratorio de exploración y producción, “si perforar vale 200 millones hay que minimizar la incertidumbre”. Todas las muestras que Repsol recoge en el mundo acaban en sus manos para ser analizadas con este complejo software, que es capaz de hacer representaciones tridimensionales de partes minúsculas de las piedras extraídas. Algunas de ellas traen compañía personal, como los cuatro técnicos custodios que han acompañado las últimas entregas desde los futuros yacimientos en el extranjero y se han instalado en el  laboratorio como vigilantes.

Sherlock es un proyecto para mejorar la manera de extraer el crudo, saber qué y dónde inyectar para que fluya. Fallar menos y sacar más y mejor. Y eso que la compañía ha apostado por convertir malos crudos en buenos combustibles. La prueba es la inversión de 3.200 millones de euros [no hay errata, ¡3-2-0-0!] en la nueva reformada refinería de Cartagena (Murcia) especializada en tratar con los peores crudos.

La petrolera investiga también en asfaltos y lubricantes. Cosas tan poco conocidas para los conductores como qué hacer con el polvo de neumático, o tan sorprendentes como los asfaltos autoreparables, que comienzan a cerrar una grieta cuando empieza a abrirse (tome nota el Ayuntamiento de Madrid), o que absorban NOX (óxido de nitrógeno) –el verdadero responsable de la “boina” de contaminación en las ciudades–, o que acallen el ruido de los coches, o que sean de colorines.

Microalgas

Hay 4.000 especies de algas inventariadas por los biólogos, pero se calcula que debe haber unas 400.000 sin inventariar. Suena raro, pero de una microalga se puede obtener gasolina, si uno es capaz de hacer que se reproduzcan lo suficiente. Exxon Mobile  y Repsol están metidos hasta las cejas en una carrera por conseguir biomasa de este tipo para transformarla en cualquier cosa que produzca energía, con la ventaja añadida de hacer un combustible 100% bio desde el principio, sin las ineficiencias de las mezclas biominerales. Las algas vienen del Banco Nacional de Algas (uno que no tiene problemas de morosidad y financiación). Hoy por hoy, hace falta más energía para producir el alga que la que luego se obtiene de ella, pero el objetivo es que en el 2016 sea rentable. Pronto lo fían, pero el incremento de recursos humanos para los próximos meses sí da una idea de la importancia que Repsol asigna a la línea.

Mientras que en el Centro de Investigación de Tecnologías de CO2 de la Ciudad de la Energía (León) lideran Europa en la investigación sobre cómo inyectar CO2 en el subsuelo para hacerlo desaparecer y olvidarse para siempre, en Repsol se plantean si pueden hacer algo vendible con él. Por ejemplo, estudiar que CO2 les gusta a plantas mediterráneas, y terminar conectando chimenea e invernadero en el proyecto CO2 Funnels. Para conseguirlo hay que encontrar el modo de activar una molécula tan estable como la de CO2: difícil.

La enorme experiencia en plataformas flotantes marítimas ha llevado a la compañía española a mirar con buenos ojos el mundo de la producción de energía eólica offshore. Las eléctricas entienden que sería mucho más fácil si cuentan con alguien que sabe construirlas, mantenerlas y hasta desmantelarlas.

Mientras los fabricantes de baterías para coches, motos y bicicletas eléctricas no garanticen que la carga de una batería en 10 minutos no acabe en una miniexplosión, Repsol investiga en estaciones de carga con energía almacenada. En septiembre, pondrá en marcha una planta piloto de recarga desacoplada de la red (mixta) con tecnología propia. A las preguntas sobre en qué consiste esta tecnología, Santos Suarez, portavoz de la compañía, no suelta prenda. Y es lógico, porque Repsol está en una posición mucho mejor para entender los hábitos de un consumidor de energía para el transporte que las compañías eléctricas de toda la vida. Un proyecto que puede terminar con la sustitución de todos los postes de recarga en Europa.

La investigación en caucho también ocupa parte del tiempo de los investigadores en el Centro de Tecnología. El reto es hacer cauchos que sean más estables y fiables. Sobre todo, para aplicaciones médicas y la producción de nuevos adhesivos. Se consigue hidrogenando el caucho hasta que los enlaces de hidrógeno se bloqueen y reaccionen menos con el oxígeno del ambiente.

La investigación en lubricantes no es un negocio para Repsol. Para otras compañías sí, pero para esta española es sólo un asunto de imagen. La integración de marca con Dani Pedrosa es un buen ejemplo. En la Fórmula 1 no hay hueco porque las escuderías ya están vinculadas a grandes marcas y no queda nadie libre al nivel que Repsol quiere, el más alto.
Sin petróleo, la mayoría de lo que nos rodea estaría hecho casi exclusivamente de metal, madera, tela y cerámica. ¿Cuántos objetos, si mira a su alrededor, están hechos de otra cosa?

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